lunes, agosto 07, 2006

Revisitando el mundo rural

Por, Flavio Figallo Rivadeneyra

Las últimas tres décadas han sido intensivas en lo que a reflexiones y políticas de desarrollo rural se refiere. La reforma agraria de los setenta cumplió con su objetivo de transformar radicalmente las formas de producción y las relaciones sociales en el campo, y al hacerlo contribuyó más que cualquier otra de las reformas a asegurar el apelativo de revolucionario a gobierno que paradójicamente fue conducido por quienes antes se aseguraban de mantener el orden establecido, las fuerzas armadas. No vamos a discutir aquí las bondades o los errores de este proceso, baste decir que durante un breve periodo de tiempo histórico en el Perú la economía social predominó como forma de organización de la producción agropecuaria, y las formas arcaicas de producción no asalariadas desaparecieron del campo ampliándose la ciudadanía a los campesinos y comuneros principalmente de la sierra y de la selva.
Pero luego de esta vorágine plena de movimientos sociales y debates ideológicos, le sucedió, al igual que ocurrió en otros países de Latinoamérica, y como en general ocurre con los cambios de régimen político el desmontaje de lo hecho, sin mayores balances ni reflexión. El siguiente gobierno democrático disolvió, en nombre de la libertad, las formas asociativas que no habían prosperado como se pensaba, y dio curso a las tendencias privatizadoras que se nutrían, entre otras cosas, de la incapacidad de las organizaciones gremiales y políticas para hacerse cargo del desarrollo agrario.
La parcelación espontánea y sin reglas de las cooperativas se convirtió en la bandera de esta nueva etapa. Todo lo que podía ser repartido entre los trabajadores del campo fue repartido, y aquellos bienes que no se podían vender se amontonaron como chatarra o se malbarató para beneficio de unos cuantos. Con ello los estudios sobre la viabilidad del modelo asociativo y sobre las posibilidades de reorganización de las comunidades campesinas perdieron su objeto de estudio. Los debates académicos y políticos se concentraron en temas como el de la vuelta de los antiguos propietarios, la búsqueda de nuevas formas de organización para las comunidades campesinas, los efectos del mercado de tierras, la destrucción de las condiciones de producción que se tornaron inadecuadas para sustentar la minifundización de la agricultura empresarial, los efectos sobre el patrón de cultivos, y la necesidad de reorganizar los mercados financieros, de productos y los modelos de agroindustrialización.
La pequeña agricultura familiar quedó abandonada a su suerte sin apoyo tecnológico, sin crédito formal y sin más apoyo que el propio trabajo de sus miembros. Los años 80 fueron duros para los campesinos que debieron sufrir además los efectos de la guerra propiciada por el terrorismo de sendero luminoso y del MRTA, así como por la hiperinflación de fines de la década. La presencia de las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales dejaron el campo, y los investigadores desarrollaron modelos de desarrollo para la pequeña agricultura basados en la generación de instituciones que enfrentaran sus deseconomías de escala, todos ellos tropezaban sin embargo con la debilidad del aparato público para organizar el desarrollo y de la cada vez más escasa inversión privada.
Las tierras en el Perú
El territorio peruano, a pesar de su gran extensión, es escaso en tierras aptas para la agricultura (5,9%). La escasez de tierras cultivables se ve agravada por dos procesos paralelos: la urbanización de las áreas agrícolas cercanas a las ciudades y la erosión de suelos. El 6,4% de los suelos en el Perú tiene problemas de erosión severa, lo que representa 8,2 millones de hectáreas, de las cuales el 31% se encuentra en la Costa y el 65% se encuentra en la Sierra. Paralelamente, existe un problema de subutilización de tierras agrícolas. En cultivos transitorios y permanentes se utiliza sólo el 45% de la capacidad de uso de la superficie agrícola.
De otro lado, la fragmentación de la tierra, expresada en el reducido tamaño de las unidades agropecuarias y la dispersión de las parcelas, es un gran obstáculo a la rentabilidad del agro. Según el III Censo Nacional Agropecuario (1994), más del 70% de las unidades agropecuarias cuenta con una extensión menor a las 5 hectáreas, y ocupa menos del 6% del total de la superficie agrícola nacional. El tamaño promedio de la unidad agropecuaria en el Perú es 3,3 parcelas con una extensión de 3,1 hectáreas. La fragmentación cuenta entre sus efectos más perjudiciales la imposibilidad de trabajar a escala, trabajo dificultado más aún por la geografía nacional.

Los noventa pueden ser calificados como los años de un lento retorno del estado al campo y de recomposición de los procesos productivos. En el marco de una política liberal el apoyo público fue limitado. El capital comercial organizó la producción de la costa en función de las expectativas del mercado urbano, y poco a poco la agricultura de exportación fue abriéndose paso. La sierra se convirtió en el escenario de los programas sociales y muchas comunidades campesinas optaron por la municipalización para obtener recursos públicos. En la selva se abrieron nuevos espacios productivos y se expandieron las actividades ilícitas de extracción de recursos forestales y producción de coca.
Cinco lustros después de la reforma agraria el paisaje rural de la puede decirse que en la costa la agricultura ha entrado en un proceso de reorganización que sobre la base predominante de la pequeña propiedad y el minifundio que son organizados por empresas agroindustriales o comerciales hacia la agro exportación.
Esta reorganización tiene varias modalidades, una tiene la forma de la empresa agroindustrial no propietaria de tierras que subsume la producción de los pequeños productores en función de un cultivo con especificaciones determinadas, a partir de la cual fija criterios de pago al campesino, le presta para ello asesoría, y en algunos casos fachita directamente o indirectamente el crédito necesario para asegurar que el producto cumpla con las condiciones especificadas. Demás esta decir que cuanto mayor es la dependencia, menor es la ganancia del pequeño productor, y este se parece más a un asalariado que a un productor independiente. A esta forma de organización no le interesa la propiedad de la tierra, todo lo contrario la falta de responsabilidad es coherente con la necesaria flexibilidad empresarial para poder variar, balancear o modificar su relación con el siempre cambiante mercado internacional, sin por ello afectar al menos gran parte de los costos de producción. No tenemos información clara sobre la inversión tecnológica de éstas empresas, por lo general basadas en uso intenso de mano de obra para el corte, empaque y embalaje del producto, o en combinación con el proceso (más sofisticado) de envase al vacío, o la inversión en cámaras de frío. Es trata en todo caso de una empresa “oportunista” cuyo interés esta alejado del tema de bienestar o de la distribución de utilidades entre quienes participan en le proceso.
Otra forma de organización de la producción agropecuaria, más primaria y también más extendida, es la que hace el capital comercial. Su forma inicial es el acopio. Su relación con el pequeño productor es la habilitación, o tan solo el compromiso de compra a un precio que variará de acuerdo con la oferta del producto. En este caso el productor por lo general “subsume formalmente” solo parte de su pequeña parcela, con la otra asegura su sobrevivencia. Su éxito de hoy es el fracaso de mañana, cuando coincide en estar contracorriente de la oferta verá incrementados sus ingresos, pero si persiste los verá caer. Su problema es el mismo del adivino, debe contar con información incompleta, interpretarla y tomar una apuesta,… si sale mal, habrá que intentarlo de nuevo “después de todo, a veces resulta”.
Una forma intermedia vincula a la empresa comercializadora (orientada al mercado interno o externo) que organiza la producción agraria incluye a los “medianos” propietarios (ahora grandes propietarios) que aliados con estos intereses, o como organizadores de los mismos, reordenan sus espacios. En el Perú los valles de la costa limitan con el vacío del desierto, el mar y las altas montañas, son de algún modo islas en las que el controla el agua y el crédito, controla todo. Esta forma, no se ha desarrollado en la sierra ni en la selva dada la ausencia de medianas y grandes propiedades.
El caso paradigmático de esta forma de organización de la producción agropecuaria es el departamento de Ica. En él la presencia de medianos propietarios arrastró la inversión del capital comercial nacional y extranjero (principalmente chileno) que convirtieron a los tres valles en plataformas exportadoras. Este proceso se dio sin embargo luego de una destrucción del sistema de riego, de quiebra de agricultores, o abandono de tierras, por la “sequía”, de incorporación de “nuevas tierras”. Hoy en Ica hay pleno empleo, las hijas y esposas e los parceleros trabajan en las agroindustrias, y sus padres o esposos en las tierras comprometidas a la empresa, y demandan mano de obra para las campañas de los distintos cultivos. Claro que éste empleo no se relaciona con seguridad económica o social alguna. Como se dice en el Perú, hay “chamba” todo el año, es decir siempre hay algo que hacer, el pago y lo que se haga cambia con la estación, las relaciones familiares y el lugar. Casi no hay empleo que dure más de tres meses, ni sistema de seguridad que cuide de los caídos. Optimistamente podríamos decir que el costo social de la transformación dejará de pagarse en la próxima generación.
De acuerdo con la información sobre el comercio internacional poco a poco la balanza comercial agropecuaria esta pasando de negativa (desde fines de los 70) a positiva. Son los productos que antes llamamos “no tradicionales” como el espárrago, la uva, el limón, el mango, la palta, el olivo, etc. Los que crecen, en cambio el algodón, café y azúcar han bajado notablemente su presencia. Esta situación es parte de una tendencia mayor, el Perú duplicó sus exportaciones en la última década, y su balanza comercial total es positiva desde el 2002.

Los anunciados procesos de reconcentración de tierras no se han producido, sino en escalas relativamente pequeñas, los pilares de este proceso exportador han sido los medianos propietarios, los que invirtieron en tierras abandonadas y en menor medida en eriazas, y algunos nuevos pequeños propietarios y parceleros que lograron capitalizarse insertándose en las cadenas de producción para el exterior. El minifundio y la pequeña propiedad han probado su resistencia recurriendo a la autoexlotación de la mano de obra familiar cuando las cosas van mal, o al subarriendo con propietario y familia incluidos.

FFR 23/06/2005

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