Los temas agrarios han permanecido ocultos en el Perú durante las últimas décadas. Aventuro dos razones para ello, una tiene que ver con la Reforma Agraria, y otra con la guerra interna contra el terrorismo. Lo agrario es visto como fuente de conflicto que es preferible obviar, mejor es considerar que somos urbanos. Tal vez hay una tercera razón, la del centralismo, el Perú no se piensa solo desde Lima, pero tal vez principalmente desde ella, y a ésta es una vieja muchacha sentada en un balcón que mira el mar.
Pero en lo agrario que se confunde con lo rural reposa el pasado, y también el lastre de la urbanidad. Allí están para retarnos los indicadores más reticentes de la pobreza, de la lengua sin escritura, de biodiversidad apenas descubierta, de las tierras que hoy ambicionan los cazadores de minas y pozos. Por ello es que seguramente cuando queremos volver al tema del desarrollo es que pensamos nuevamente en lo agrario, en lo rural.
Luego de 10 mil años de agricultura hemos llegado a una encrucijada. La genética nos promete liberarnos de la tierra, y la tierra nos endulza con su variedad de posibilidades. Pasa lo mismo que en la relación entre la simulación virtual y la acción real.
Pero volvamos al día a día. ¿Cuál es el problema de la tierra hoy? Nuevamente podemos responder que ella se relaciona con la pobreza. Los Machiguenga de Kamisea transitaban sobre una riqueza que sus ojos no podían ver, que sus manos no podían contener, pero que de una manera extraña les pertenece. El problema de la tierra se confunde con el asunto del territorio, con el reconocimiento de la propiedad a partir como consecuencia del uso, del usufructo.
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